Poema 013 · Capítulo II – Infancia, familia y mesa compartida
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Tranquilizaste mi alma, hermano mío,
prestándome oídos, aunque sin pedirlo.
Amortiguabas mis penas cuando estaba abatido,
envuelto en tinieblas de un pasado sombrío.
Conociste mis recuerdos, un tanto escondidos
y, a pesar de los dolores que también has vivido,
adivinaste las lágrimas de mi rostro rendido,
evaporadas en sonrisas, camufladas de alivio.
De noches escarchadas, invocando a olvidos,
donde no importaba el frío, pero sí un vaso de vino.
Una mirada cómplice rompiendo la niebla,
como recordando historias de bocas ajenas.
En utópico sueño camuflaste el futuro,
ocultándolo de las burlas de los inmaduros.
Porque solo los genios saben disfrazar
las risas guardadas que buscan llorar.
No se sabe de ti, desde antaño.
Si creciste enjuiciando a los malvados.
Quizás ya formas estrellas en otro lado
o solo eres leyenda de lo que extraño.